viernes, 27 de noviembre de 2020

Todo gigante muere cansado de que lo observen los de afuera

 Ayer terminó el siglo XX. Terminó de concluir. Con él se fue el último de sus signos, el último de sus hombres.

Tal vez dentro de cientos, miles de años, un grupo de personas se siga reuniendo alrededor de un fuego a contar historias; y cuenten que hubo un siglo en donde existió algo llamado deportes, y en el más popular de ellos brilló un morochito villero que les vino a cantar las cuarenta a los poderosos del mundo. Que, representando la sed de los nadie, significó las humildes victorias de los que siempre habían perdido. Y esas alegrías fueron ganadas en el campo, en los hechos, y en el acumulado simbólico que el propio pueblo creó.
Pensaba en esto de fin del siglo, y me crucé con un poema. Un fragmento dice:
“(...)
El hombre de campo mira pasar el río.
El hombre de ciudad mira pasar el tren.
Ambos reflexionan sobre el pequeño mecanismo
de los acontecimientos.
Pero yo no...
Yo estoy cansado de este mundo nuevo.
(...)
Para tranquilizarme, me digo:
´Soy mi padre y mi hermano,
nací de pie, al final de la última era nupcial;
contemporáneo del Gran Jugador´
(…)”
Recuerdo la vez que, con mi padre y mi hermano, estuvimos frente al Gran Jugador. Sólo nosotros. Fue un instante, un fragmento fugaz de sólo unos segundos. Un momento que habrá durado lo mismo que La Jugada de Todos los Tiempos; o sea, para nosotros, simples mortales, una eternidad. Con mi hermano (alimentados por las leyendas) nos quedamos duros, inmutables, a un metro de él. Mi padre, que vio y vivió las hazañas del Gran Jugador en tiempo, no contuvo su entusiasmo y se abalanzó con un saludo ferviente. Esa noche, gritamos los mismos goles, bajo las luces del mismo estadio, empapados por la misma lluvia. La anécdota tiene sus gambetas, que se guardan para lucir entre amigos. Lo notable es el recuerdo que la anécdota trae ahora: por un instante, en un gesto azaroso y divino, estuvimos solos frente al tipo que nunca estuvo solo. Aunque sus ojos sí mostraban soledad, la soledad. Eso ví.
También ayer recibí un mensaje del Gabi. De los amigos de mi adolescencia el Gabi es el que mejor jugaba al fútbol. Por lejos. Él se divertía tirando caños, gambeteando hasta los árboles, danzando; y nosotros (cualquiera que estaba a su alrededor) se divertía mirándolo jugar, aunque fuéramos víctimas de sus jueguitos. A lo largo de los años con el Gabi siempre hablamos del Gran Jugador en un tono chistoso. Ayer intercambiamos penas. Para despedirse me pone: “Adiós al jugador que todos quisimos ser”. Gabi es repartidor, trabaja repartiendo bebidas en los pueblos aledaños de donde crecimos. Por lo que me contó la última vez que nos vimos, no se divierte tanto ahora repartiendo mercadería, como cuando repartía caños y gambetas a todos los pibes que se le cruzaban. Pensaba en eso y también me crucé con un poema de otro gran artista popular, Leonardo Favio, cuyo final es:
“(...)
Mientras haya un planeta en que respire un niño,
un niño habrá que sueñe que es Diego,
y que repite los goles imposibles
de músicas y pájaros.”
Esta sensación de fin de era, también deja la continuidad que él sembró frente a las adversidades. Esa continuidad asociada a los sueños, al potrero, al barrio, al barro, a la amistad, al canto de los pájaros. Esa que los poderosos se han encargado de querer borrar, y lo han hecho cortándole las piernas al fútbol, el más popular de los deportes de un siglo que ya no existe. Tal vez el fútbol haya terminado ahí, en ese corte de gambas, y lo que sigue sea más parecido a una simulación que a un deporte, a un negocio que a una congregación, a empresas que a clubes, a falsas ilusiones que a sueños, más parecido a una playstation que a un juego. Por suerte, repito, también existe la continuidad de las pasiones. Y ahora que cada vez pasan menos trenes, que cada vez corren menos ríos, habrá que rastrear en la ruinas de los tiempos, rescatar de los escombros la trama de los pueblos, que buscan su lugar en la historia. Mientras la hacen día a día. La experiencia de la vida.

Neuquén, Argentina. 26-11-020





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